PROSAS Y POESÍAS · 1 MIN DE LECTURA
La garrocha que ilumina
Tu brazo era un retazo de tela, costura de un cuerpo en forma de cuenco, como los pantalones de los hippis que habitan las plazas como si fueran una choza de lana amarilla en el corpiño del otoño, que cuelga del tiempo, como una estación olvidada en la canilla de la ducha después de lavarla. Tus muñecas, hechas de ropa laboriosa, perfiladas a los huecos venosos de las manos que suavizan la tierra cuando se hunden como si fueran el agua de un inodoro que desagota con suavidad por el hueco del desague, como tus rodillas, que se flexionan como los cogotes de las gallinas cuando las matan mientras sus picos se abren y se cierran como tu conciencia el día que decidiste que fue y saltaste de un techo al otro, de una casa a un departamento, de un país a un continente como si hicieras salto en garrocha sobre el mar y las gotas de las olas te salpicaban y sonreíste cuando caíste húmeda sobre mi orilla con olor a baño publico alquilado. Tu garrocha cayó a mi lado y le puse un cepillo y la use para barrer todos los recuerdos que se vinieron con vos porque soy un buen barrendero, manejo la escoba como el filo de un cuchillo que corta la maleza y el pelo enredado y con ese filo te barrí todo el polvillo sobrante y quedaste divina, eras una burbuja un momento antes de reventar, tu malicia desapareció y entré en tu burbuja, y los olores se extinguieron, ahora somos una habitación, vos sos una cama muy comoda y yo un velador que ilumina.